La despersonalización del lenguaje en “Over”, de Ramón Marrero Aristy

«Uno de los principales efectos de la ocupación militar norteamericana fue la notable ampliación del latifundio y de la producción de caña de azúcar, sobre todo en la parte Este del país.»

CASSA, Roberto: Historia social y económica de la República Dominicana. Santo Domingo: Editora Alfa & Omega, p. 216.

MARRERO ARISTY

Ramón Marrero Aristy

La novela Over, de Ramón Marrero Aristy parte de un proyecto de representación ficcional de la vida de los trabajadores en los ingenios de azúcar establecidos con capital extranjero en el Este de la República Dominicana. El consenso de la crítica la considera como la más lograda de todas las llamadas “novelas de la caña”, en vista de que retrata los conflictos generados en el país mediante la introducción, en los tiempos modernos, de una versión ligeramente “actualizada” del antiguo modelo de plantación azucarera sobre la base de la explotación sistemática de la mano de obra tanto dominicana como haitiana o proveniente de otras islas del Caribe.

El texto de Ramón Marrero Aristy[1] es un relato homodiegético que se mueve, desde su incipit, en una escena muy similar a la propia narrativa de ficción autobiográfica[2].

El narrador se llama Daniel Comprés, y aparece representado desde los primeros párrafos del texto[3] como un personaje que acaba de sufrir una especie de “catástrofe” afectiva, causada por el rechazo de que es objeto por parte de su padre.

«Heme aquí en una calle de mi pueblo. Por ella he transitado desde mi niñez, y todo esto tan familiar, tan amable ordinariamente, de repente se me ha tornado extraño.

¿Extraño? He dicho bien. Todo ha cambiado para mí; y sin embargo, estas casas son las mismas de ayer, y las personas que ahora veo, las mismas que me han visto crecer. He ahí al obeso señor Almánzar. Cuando yo nací era regidor del Ayuntamiento y aún lo es. Allí se abanica su brillantísima calva don Justo Morales, prestamista durante toda su vida y presidente del Club; alcanzo a ver dormitando la siesta en la acera de su casa, sentado en cómoda mecedora, al ventrudo señor Salustio, siempre enfermo del hígado y quejumbroso de su situación. Yo me palpo y soy el mismo. Como el primer día me sigo llamando Daniel Comprés, o mejor dicho: Daniel, que es como me llaman todos. Y sin embargo, he de reconocer que todo esto que me rodea, visto por mí a cada amanecer hasta hacerme hombre, se ha tornado hoy en algo que me repele; y una gran sensación de soledad se ha adueñado de todo mi ser» (p. 9).

A través de la narración de la historia de su padre, el narrador se propone basar la escena imaginaria donde se instala su “novela familiar”, una historia común a todos los hijos Machepa:

«Ahora recuerdo una historia —la suya— que me ha contado más de cien veces.

Mi abuelo —su padre— no fue con él todo lo bueno que se debe ser con un hijo. Era hombre muy rudo de campo, y desde pequeñín dedicó al hijo a faenas durísimas. Mi padre creció casi a la intemperie, perdido durante largos períodos en los montes, en cortes de madera, en conucos solitarios, abiertos en el corazón de montes inmensos. Los cortos días que pasaba bajo techo, era sufriendo el desagradable trato de una madrastra irascible. Y así, explotado, desconocido como ser humano, llegó a hombrecito. Fue entonces cuando el viejo le dijo:

—Amigo, ya lo he criado. Vaya ahora por ahí a ver cómo vive.

Eso ocurrió en un campo. El muchacho se fue cabizbajo, mochila al hombro, rencoroso, con ganas de incendiar la tierra. Luchó rudamente. Como tenía personalidad, se hizo dueño de una sección rural. Allí fue un verdadero cacique. No había moza que no se le entregara, porque además de buena presencia, buenos caballos y dinero, poseía esos arranques de macho ante los cuales se desmayan las hembras sin condición alguna.

Los hijos abundaron, pero ninguno vivió con él. Eran el producto de cualquier cópula salvaje bajo la lujuria de los montes.

Uno de esos hijos soy yo. Y ahora, al compararme con mis otros hermanos, y al recordar cómo mi padre fue criado y en qué forma vivió, comprendo que mucho ha hecho con darme comida hasta hoy» (pp. 18-19).

En esta escena de soledad, dominio de una ruptura con el mundo social, el narrador se involucra en una serie de “reflexiones” que contribuyen a crear el efecto de lectura de un escenario de desencanto respecto a su entorno inmediato como personaje del texto (Daniel Comprés). Aquí, la evocación del Cibao es la espina dorsal del andamiaje extra-diegético que permite la identificación de las huellas ideológicas de la época en el discurso del autor.

«[...] porque en este pueblo cualquier extraño les roba el alma a todos, para con los que conocemos nadie es aquel “noble y hospitalario dominicano” que aparece en las crónicas y que según afirman existe en el Cibao.

El Cibao, ¡ah, el Cibao! Pero esa rica región está a muchos kilómetros de aquí; endiablados kilómetros de carretera gris, quemada por este sol tropical, que es ideal, cantado por los poetas, pero terrible cuando se le soporta de lleno» (p. 10).

Otra huella legible de la ideología de la época aparece al final del primer pasaje, en el comentario que expresa una intervención directa del autor (Marrero Aristy) en la reflexión de su narrador[4]. Muy próximo a la desesperación, ya que, por primera vez en su vida, y de manera definitiva, se encuentra sin ningún apoyo de parte de su padre, el narrador se lanza en busca de un medio de vida. Solo, hambriento, rechazado por todos, va por las calles de su pueblo. Cuando llega a «la parte alta de la ciudad», descubre a lo lejos las «inmensas chimeneas de las factorías del central azucarero». Al contemplar este espectáculo, comienza a delirar acerca de la vida que llevaban los trabajadores del “central”, delirio en torno al cual se anuda el relato hasta el final del primer capítulo de la segunda parte (p. 199):

«En estos momentos me hallo en la parte alta de la ciudad. Al fondo se ven las inmensas chimeneas de las factorías del central azucarero. No despiden humo. Parece que se caerán la una sobre la otra. Tan altas son que esta ilusión se produce constantemente.

La arboleda cubre las viviendas de ensueño del central. Allí mora gran número de empleados que ante mí se presentan como los seres más felices de la tierra. Tienen esposas, hijitos. Son Jóvenes (sic) en su mayoría; viven en esas casitas tan lindas, todas pintadas de un mismo color, con sus jardinillos en frente, llenos de flores, de vida. ¡Y con su pan tan a la mano! Rinden sus tareas en los diversos departamentos de la compañía, y cuando terminan sus jornadas, vienen a sus casas, besan a sus jóvenes esposas, acarician a sus niños, toman el baño, y luego, ponen la radio a tocar y leen un periódico, un libro… ¡Eso es vivir feliz y humildemente!» (pp. 14-15).

Aunque, en general, el lenguaje del narrador es más o menos cuidado, e incluso con cierto estilo, es posible encontrar en ocasiones giros de frases y expresiones que le confieren un cierto “color local”. Este es, probablemente, uno de los puntos débiles de la novela, que sigue la tendencia llamada “realista” y que intenta, por tanto, reproducir más o menos con fidelidad los diferentes dialectos de los personajes que pone en escena[5]. Esto no constituye, sin embargo, un obstáculo para la legibilidad del plurilingüismo que surge del contraste de esas voces que contribuyen, cada una por su parte, al proyecto de representación de Marrero Aristy de los colores específicos del dialogismo sociolingüístico que opera en la comunidad de trabajadores del central azucarero.

Esta representación es particularmente evidente a partir del capítulo II. En primer lugar, se observará que el efecto previsto por la representación del discurso del Sr. Robinson, «manager» del central azucarero donde Daniel Comprés buscará trabajo, no consiste sólo en resaltar el origen extranjero de ese personaje («el norteamericano»), sino sobre todo el de burlarse de él poniéndolo a decir unas cuantas oraciones en español[6]:

«Las ocho de la mañana. Me hallo en la puerta principal de la gran bodega del central azucarero, esperando la llegada del manager.

Procuro, mientras tanto, recordar algo sobre este hombre a quien he visto muy pocas veces, a fin de dirigirme a él en una forma adecuada. Pero las cosas que he oído decir acerca de este magnate no son muy halagadoras. Se llama Mr. Robinson, tiene unos cincuenta años que no aparenta. Es más obeso que un tonel y según dicen, tiene un humor de todos los diablos. Cuyas son historias como esta: cuentan que hasta el asistente o segundo manager —un mister latinoamericano—, llegóse un mozo en busca de trabajo. Según me contaron, el muchacho tuvo la fortuna de obtener del segundo una plaza en la tienda central. No se había percatado de ello Mr. Robinson, debido a su costumbre de no mirar ni saludar a quien no pertenezca a su raza —costumbre que practica hasta el extremo de que empleados que llevan diez años en su oficina, a su lado, no le han oído decir “buenos días”—, hasta que hallándose una mañana en la puerta de su despacho, asomado a la tienda, mirando a la gente que llegaba y salía, vio entrar al joven taconeando con unos zapatos muy a la última moda. Miróle de pies a cabeza. Halló que tenía un talle muy largo, la cara llena de barros, la camisa deportiva y muy limpia… y al instante llamó a mister Lilo —que así se llama el asistente─. Cuando lo tuvo frente a su escritorio —ya había movido su humanidad hasta allí—, le preguntó fingiendo extrañeza:

—Lilo, ¿este hombri largo de camisa de Jersey, trabajando aquí?

—Sí, Mr. Robinson—, respondió el subalterno.

—¡Oooh! —exclamó el norteamericano como sintiendo náuseas—. Sacando ese hombri muy pronto de aquí, ¡muy pronto! Mi no queriendo verlo más, ¿comprendi?

¿Y qué hacer? Al instante el muchacho fue despedido (p. 21-22)»

La creación de esta «imagen del lenguaje»[7] del “manager” le sirve al autor para proponer una concepción ideologizada del habla de su personaje, una de cuyas consecuencias es precisamente la activación del efecto humorístico en su representación.

El efecto y la intencionalidad que encontramos en el fragmento anterior son los mismos en el siguiente pasaje, en el que tiene lugar la representación del habla del alemán Mr. Baumer:

«A poco viene un alemán colorado como un tomate maduro a quien he oído llamar mister Baumer. No sé por qué su cara me recuerda la de un sátiro. Me examina de una mirada y me lanza a quemarropa:

—¿Usted es el hombge (sic)?

—Sí señor (sic).

—Espera en aquel auto. Yo va enseguida.

Se le nota que hace esfuerzos por evitar la g. Obedezco —no hago otra cosa desde que entré aquí—, y ya instalado en el vehículo veo venir al teutón seguido de otro empleado» (p. 27).

El comentario: «Se le nota que hace esfuerzos por evitar la g» conduce implícitamente a la lectura a focalizarse sobre el procedimiento de representación de los personajes. Formulamos la hipótesis de que dicha focalización inducida sería uno de los componentes del proyecto de escritura de Marrero Aristy, debido a la manera recurrente, casi sistemática, con que las citas directas del habla ajena alternan con burlas o estrategias ironizantes. Se notará, por otra parte, la acción de la frase adjetiva «colorado como un tomate maduro», figura estereotipada de la lengua hablada en la R.D., respecto a la cual veremos más adelante algunas de sus implicaciones relativas al procedimiento de descripción de los personajes por parte del narrador.

Uno de los rasgos más llamativos de la novela de Marrero Aristy es, sin duda, la coincidencia, desde el punto de vista de la enunciación, entre la acción de dicha estrategia ironizante y la perspectiva que asume el narrador homodiegético. De hecho, Daniel Comprés no sólo tiene el doble estatuto de narrador y protagonista de la historia ─“coincidencia” que refuerza el funcionamiento “autobiográfico” del relato─, sino que también es el responsable de esa “conciencia lingüística” de la que hablábamos anteriormente. Nada es, pues, más “natural” que el hecho de que él nos cuente “su” historia de abajo hacia arriba, en “perspectiva de rana”, para usar una expresión familiar a los pintores. Al relatarnos su historia de esta manera, lo que busca hacernos saber es que él fue una víctima del central azucarero, que vivió todo lo que nos cuenta[8]. Quiere convencernos de la realidad de los valores que otorga a los personajes que pone en escena (de ahí su “realismo” lingüístico). Del éxito de este proyecto depende el de la escena de la ficción que el relato busca establecer.

2. Las hablas sociales: Cleto el cibaeño

LAS IMÁGENES DE LA LENGUA del Sr. Robinson y del Sr. Broberg pueden ser asociadas a la de los modismos propios de los extranjeros en el contexto lingüístico y cultural dominicano, así como las imágenes relacionadas con los dialectos de los braceros haitianos y los de las islas caribeñas de habla inglesa que examinaremos más adelante. Sin embargo, como lo he señalado anteriormente mediante la cita del comentario de Bajtín, en Over se imbrican las tres categorías principales de los procedimientos de creación de la imagen del lenguaje en la novela observadas por el investigador ruso.

Una de estas tres categorías, llamada “hibridación” por Bajtín[9], trabaja de manera característica la representación del personaje de Cleto, el policía del Central. Cleto entra en la escena al principio del tercer capítulo, y desde su entrada nos es mostrado por el narrador como un “habla”, y no como un personaje[10]. Es esta habla híbrida del funcionario la que le permitirá a Marrero Aristy representar en Over la imagen de la lengua dominicana por antonomasia: el cibaeño[11]. La mayoría de las páginas de este capítulo III están ocupadas por los cuentos del policía, relatados por el narrador o directamente referidos por el personaje. No es de extrañar, pues, que la primera alusión en la novela acerca de los braceros haitianos que viven en el batey aparezca insertada en un comentario mordaz del policía cibaeño, quien habla del “hedor” (la peste) de aquellos hombres:

«Unos haitianos que venían a comprar, al vera Cleto hablando frente al mostrador, prudentemente han seguido de largo. El policía, haciendo un gesto de desagrado, exclama:

—¡Jesú! ¡Qué pete tiene esa gente!

Y como los peones llevaran el paso corto, les ha gritado:

—¡Acaben de pasai, jediondo j’ei diablo!

Los negros obedecen temerosos, con una sonrisa servil que solicita disculpa. Cleto escupe, toma un nuevo trago y continúa [...]» (pp. 35-36).

Cleto es un verdadero personaje-ideologema. Con él se infiltra en la novela de Marrero Aristy una serie de estereotipos culturales y lingüísticos que retroalimentan el enfoque propio del personaje, quien se convierte de repente en un “hombre-historia” (Tzvetan Todorov). Las palabras y las frases que componen el acervo ideológico común de los grupos populares y rurales de la R.D[12], así como los “dichos” puestos en boca” de Cleto por el narrador, o como los rasgos que muestran una psicologización, o incluso una socio-culturización del personaje.

3. Los indicios de la despersonalización: el “over”.

LA VIDA EN EL CENTRAL nos es presentada por el narrador de tres maneras, principalmente:

a)        Haciendo actuar/hablar a los personajes que conoció durante su estancia en la bodega;

b)        Relatando sus diálogos con estos personajes y los de estos últimos entre ellos, y

c)         a través del historia contada propiamente hablando.

Es posible constatar la acción combinada de estas tres estrategias en Over cuando se trata de contar de qué manera la vida en el Central fue la causa de un cambio en la personalidad del narrador[13].

Un ejemplo de esta transformación lo constituye el relato de las relaciones de Daniel Comprés con los haitianos que trabajan en el Central y la mediación que ejercía el viejo Dionisio, conocido como «el mayordomo del contratista» mencionado en el párrafo segundo del tercer capítulo. Verdadero personaje-cibernético (cf. Philippe Hamon), Dionisio desempeña el papel de iniciador de Daniel Comprés en la justa comprensión de la realidad del Central, como puede verse en el siguiente fragmento:

«Puedo decir que le debo mucho [a Dionisio, MGC], porque de no haberle hallado, desde mi llegada al batey hubiera tenido serios tropiezos. Ignoraba yo por completo las cosas de la finca. Me irritaba fácilmente con cualquier peón y profería amenazas frecuentemente. Cierto día un haitiano a quien le vendí una libra de arroz, me dijo ladrón. Al instante salté fuera de la tienda, machete en mano, dispuesto a ajustarle cuentas.

—¡Vuelve a decirlo! —le gritaba furioso—. ¡Vuelve a decirlo!

El viejo, que estaba por allí, me atajó:

—No haga eso, bodeguero. ¡No haga eso!

Y aunque me veía encolerizado y dispuesto a herir, hablaba con calma, como quien está seguro de que será obedecido.

—¡Pero ese haitiano me ha dicho ladrón, y yo no tolero que nadie me insulte! —fue mi alegato.

Sin dar importancia a mis palabras, como no se les dá (sic) a las de un niño, el viejo respondió:

—Déjese de pendejá y aprenda a vivir en la finca. ¿Qué le dijo ladrón? ¡J’a carajo! ¿Y cómo se llama usté?

Fue entonces cuando le dije mi nombre por primera vez. Me respondió con despreocupación:

—Bueno, pué olvide su nombre. Aquí pa los dominicano usté se llama ladrón, y pa lo s’haitiano volé. Ese e s’el nombre que nos dan a to lo s’empleado de la compañía. ¡No le haga caso a esa gente!

Ya el haitiano estaba lejos y yo me sentía un poco corrido. Luego he aprendido lo que me explicó en tan pocas palabras el viejo Dionisio, y comprendo que nadie me lo hubiera dicho tan sencillamente. Porque me he acostumbrado. Reconozco la inutilidad de encolerizarme con estos infelices, porque ellos hablan sin ningún sentimiento de rencor o de maldad. Vienen tan indefensos, han sido tan exprimidos, que ya no tienen energías. Si dicen “ladrón”, es no por ofender (sic). Hablan por hablar y a veces sus duras palabras encierran adulación. Se han compenetrado instintivamente —pero demasiado bien— de lo poco que significan ante los que están por encima de ellos aquí. También instintivamente, conocen a perfección su destino, y por experiencia saben el terrible mal que les traería cualquier protesta. De ese convencimiento han hecho una filosofía. Resignadamente ellos dicen:

—En la finca tó son ladrón. Roba el bodeguero, roba el pescador, roba la mayordomo, y yo ta creyendo que la má ladrón de toitico son el blanco que juye en su carro» (pp. 41-43).

En efecto, es gracias a su relación con Dionisio que Daniel Comprés aprende el abc  del negocio que es la ley en la “central”, y principalmente eso que todo el mundo allí llama over [14].

Algún tiempo después, y gracias a Dionisio, el narrador se ha convertido en un experto en lo relativo a la manera de cobrarles el over a sus clientes miserables. Notemos, por otra parte, el contraste entre las marcas en la persona del mayordomo de la del agente de Cleto: mientras el primero está considerado por el narrador a través de epítetos tales como “el Viejo”, “el negrazo”[15], el personaje de Cleto casi siempre es llamado por su primer nombre, y, excepcionalmente, por su condición de agente de policía [16]. Estas marcas concedidas a la representación psico-fisiológica de los personajes con los que el narrador forja relaciones de amistad permanecen invariables durante toda la novela. Por el contrario, las marcas de los otros personajes secundarios de texto ─y que no tienen, por tanto, otra inserción en la historia contada que no sea la de las simples “piezas” o “figuras” del contexto específico del “central”─, se caracterizan, más que por su fluctuación, por una indefinición que anticipa, por así decirlo, la condición y el estatuto social de dichos personajes secundarios. Ese es el caso, principalmente, de los trabajadores del “central”. Al principio, como se ha visto, a estos sólo se les identifica por medio del patronímico: «el haitiano», «los haitianos». Más adelante, por ejemplo, en el capítulo IV, su designación evoluciona hacia la impersonalización, como en el siguiente fragmento:

«Domingo. Se aglomera frente al mostrador una colmena de trabajadores hambrientos. Como hoy la tienda se cerrará a las doce del día, para no abrirse hasta el lunes, los que tienen vales o algunos centavos se apresuran a comprar lo indispensable, porque ya han probado más de una vez lo que son esos días de bodega cerrada, en un batey cercado de cañas que no se pueden tocar en “tiempo muerto”, con un vale en las manos que de nada les sirve en otra tienda.

Gritan y exigen por no quedarse sin comprar. Veo sus caras sucias, erizadas de barbas, grasientas; sus narizotas deformes, sus bocas generalmente llenas de raíces podridas y sus ojos desorbitados. ¡Sobre todo sus ojos y sus bocas! Se apiñan en esa ventanilla que da al mostrador, y enronquecen gritando. Están ansiosos y ahora mismo no recuerdan nada, ni si quieren otra cosa que no sea adquirir sus centavos de provisiones.

Maldicen y suplican, insultan y adulan; quieren que los despache a todos a la vez. Y yo, que he pasado la semana prisionero en esta bodega, lo que más ansío es que sean las doce, para salir» (p. 51).

Esos personajes secundarios son el objeto de un tratamiento particular por parte del narrador, el cual le permite a éste último enfatizar la despersonalización que se observa el tratamiento que los mismos reciben de parte de todos aquellos que ocupan puestos de responsabilidad en el “central”.

Sin embargo, los braceros no son los únicos que sufren este trato despersonalización. También  el narrador debe soportar, en su calidad de subalterno empleado a cargo de una bodega, el mismo tipo de tratamiento insultante. Daniel Comprés no está ajeno a esta paradoja. Por su posición en la cadena de mando del “central”, se habría podido vengar con sus subalternos del maltrato que recibe de parte de sus superiores. Pero tal actitud no habrá sido otra cosa que un autoengaño, ya que Comprés no olvida en ningún momento que él no es ni como los braceros ni como sus jefes extranjeros, como lo pone en evidencia el mismo discurso reflexivo del narrador en las páginas 52-23:

«¡Cómo son las cosas! No creí jamás que a tan corta distancia de mi casa, y después de haber formado tan bonitos planes sobre mi porvenir, me vería en la necesidad de servir a éstos [a los trabajadores, MGC] y de obedecer a otros a quienes he de considerar mis amos absolutos.

¡Cómo son las cosas! Y por más que lo sienta he de hacerlo sin chistar, porque el hecho de que el alemán éste escriba como un patán, no le quita su omnímoda autoridad sobre mí; las cosas que ordene, como él quiera se habrán de entender.

El ambiente psicológico de la novela de Marrero Aristy se encuentra así configurado por ese malestar que le produce a Comprés el hecho de hallarse desprovisto de toda suerte de consideración personal, malestar que es puesto en evidencia por la serie de fragmentos destinados a representar los estados anímicos del narrador. Desde una óptica sociológica, podría decirse que se trata de un conflicto generado por la consciencia pequeñoburguesa de Daniel Comprés, quien sufre al percatarse de las diferencias culturales que lo oponen a los demás integrantes  del Central. Así, en las pp. 53-54, leemos el siguiente diálogo entre Cleto y el bodeguero:

«─¡Bodeguero! ¡Bodeguero! Dígame si ya usté se fué…

¡Qué pregunta! Aunque no lo quiera, he de sonreír. Con este hombre parece que no es posible permanecer serio.

─No saldré hoy ─le respondo─. Espero visitas.

Y me dice con el acento más cibaeño que halló:

─Pero bueno, compai, ¿uté se va a metei a viejo? Ya yo toy cansao e dicile que la vida no se pue llevai asina. ¿A uté como que no le gutan la mujere y ei romo?…

Se ahuyentan mis pensamientos, porque el policía lo aleja todo con su bendito buen humor. Le digo:

─Quizás me gusten, Cleto, aunque no como a usted. Hoy, por ejemplo…

Se entusiasma.

─¡Váigame Dió, critiano! Ai fin l’oigo hablai de a veidá. ¡Le cogerá uté ei piso a la finca!

Le oigo y pienso que “cogerle el piso a la finca” significa olvidarse de todo, mudar una mujer, tener niños enfermos y vivir borracho. Como siento que permanece en la escalera del lado afuera, pegado a la puerta, comprendo que quiere entrar y le abro. Entra y una vez frente al aparador, se queda mirando embelesado, la colección de botellas. Moviendo la cabeza a un lado y a otro, exclama:

─¡Vígen de Aitagracia! ¡Si me laigan e n’un potrero como ete, me tiene que sacai en litera!» (pp. 53-54).

Esta representación del “estado de ánimo” de Comprés le permite al lector enterarse del drama interior que le afecta, un drama que podría ser considerado como una crisis de inautenticidad patológica, ya que, en el plano en el que se desarrolla su amistad con el policía y con los demás empleados del “central”, el grado y la naturaleza de las “diferencias” que podrían existir entre ellos es irrelevante.

Recordemos, en efecto, el hecho de que, obligado por primera vez en su vida a trabajar para ganarse el sustento, después de haber vivido bajo la sombra protectora de su padre. Daniel Comprés descubre la rudeza de la vida detrás del mostrador de una pequeña bodega. Esta es, en el plano del relato, la causa aparente de su “drama” interior. No obstante, como veremos, la iniciación que va experimentando Comprés a medida que progresa el relato en lo relativo al conocimiento de los tratamientos inhumanos a los que son sometidos los trabajadores del “central” terminará determinando en él una toma de consciencia le permitirá dejar a un lado esos escrúpulos “pequeñoburgueses” que lo afectaban al principio de su historia.

Pero ese proceso liberador le resultará tortuoso a Comprés. Y el mismo relato, es decir, la textualización de su historia, nos irá mostrando las distintas “estaciones” de su “viacrucis”.

Al principio, como ya se ha visto, es burlándose del habla de los otros (los extranjeros) como el narrador parece encontrar una manera de lograr sobrellevar su condición. Hasta ahora, hemos visto algunos ejemplos de esto relacionados con el habla de los “blancos” (Mr. Robinson —”el norteamericano”— y el Mr. Baumer —”el alemán—). Sobre este particular, resulta muy revelador que el único personaje de América del Norte que no recibe un comentario paródico de su discurso por parte del narrador sea un cierto Mr. Norton, alguien que muestra desprecio contra los trabajadores, como los otros “místeres”, y quien, como “por casualidad”: «Conoce el español de manera y hasta admirable lo pronuncia muy bien» (p. 91). No obstante, obsérvese que el procedimiento del narrador es demasiado paradójico como para que, incluso en este caso, pueda conducir a una “angelización” del personaje de Mr. Norton. Así, aunque, por una parte, nos presenta al norteamericano diciéndonos que:

«Su nombre es Julius Norton, pero todos le llaman nada más que Mr. Norton, con gran familiaridad, porque es un hombre simpático.

A diferencia de los otros blancos, que no miran a nadie cuando pasan por los carriles sin detenerse, este gusta de hablar con los empleados inferiores y hasta con los peones. Conoce el español de manera admirable y hasta lo pronuncia muy bien. Lo que no habla es patois a pesar de que lo entiende perfectamente. Con frecuencia se detiene en la bodega, y charla durante horas muertas conmigo. Es raro el día que no me encarga naranjas, pollos y viandas» (p .162)

por la otra parte, permite que sea otro de los personajes de la novela (un “cocolo” llamado Georges Brown —a quien Daniel Comprés llama «el inglesito»— de quien nos ocuparemos más adelante) quien asuma la responsabilidad de situar la dimensión ideológica que debe determinar la recepción del personaje de Mr. Norton por el lector:

«Todos quieren mucho a Mr. Norton, desde los peones hasta los contratistas y los colonos. He oído a un mayordomo decir:

─Mister Norton es lo que se llama un hombre decente. ¡Si ese me bota me quedo conforme!

Y hace poco que he oído suspirar al contratista:

─¡Si Mr. Norton fuera el jefe de todo el central…

Así opinan todos, menos el inglesito Brown, que hace pocos días, de paso por mi bodega, hablando de esto me dijo: “Ese es peor que los otros. Conozco esa clase de pájaros. Más que yanqui me parece inglés. A un hombre así nadie es capaz de protestarle. Prefiero a los déspotas, que mantienen encendido el deseo de ir a la rebelión.

Y parece cierto, porque nunca hubo tan poco trabajo en el distrito como en este tiempo muerto, ni jamás estuvieron los trabajadores más conformes que ahora» (p. 167).

Persistiendo en este procedimiento hasta el final, la burla discurso de estos personajes representados como responsables del sistema operativo del “central” está destinada principalmente a convertirse en el apoyo de un trabajo ideológico orientado hacia la creación en el relato de una escena de identificación nacional. Por lo menos, es únicamente desde este punto de vista como se puede entender la carga de ironía que se desprende del fragmento siguiente:

«Es ya de noche. Se fue el peonaje y estoy solo en la bodega, arreglando cuentas antes de cenar. Acaricio la perspectiva de ocho horas de noche que prometen ser otras tantas de paz. En eso llega el alemán. Viene más rojo que de ordinario. ¿Qué le haría retrasarse hasta el extremo de que aún se encuentre en el campo? ¡Ah! Claro se ve que hoy perdió la cuenta del whisky. A pesar de que al entrar tuvo que rozarme, pasó sin saludar. Es la costumbre de la gente “superior” que vive sobre nosotros aquí. Ahora, ya en la tienda, sin percatarse de que existo, lo registra todo con insolencia sin igual. Abre el cajón del dinero, registra los libros, porque puede ser que no estén en regla; arroja por ahí las órdenes sin pedirme permiso ni mucho menos darme explicación, y… aún no está conforme [...]

Veo sus procedimientos, indignado, pero resuelto a soportar. Esto es lo normal. Para eso se es bodeguero» (p. 90-91).

Conviene notar que las comillas en la alusión a «la gente “superior” que vive sobre nosotros aquí» se corresponden con el movimiento de la escritura, que pasa de la enunciación del Yo autobiográfico al «nosotros» aglutinante. Semejante movimiento describe la estrategia orientada a implicar al narratario en la escena donde aparece representada la indignación de Daniel Comprés. El crescendo en la representación de esta indignación y su resolución final en una escena de acusación a los dominicanos por parte de un alemán constituyen otros indicios que nos permiten insistir sobre la hipótesis de un proyecto de identificación nacional en Over:

«Le veo pasearse a lo largo del mostrador. Sus ademanes son bruscos. Está borracho de importancia y visto así, se le puede tomar como la mejor figura simbólica del poder. Trajo los pies llenos de lodo y ensucia el piso. Inmediatamente tendré que limpiarlo. Ve que en el mostrador y en alguna parte hay granos y papeles, y no pierde la ocasión de protestar:

─¡Muy sucio todo esto! ¡Muy sucio!

Otro hubiera pensado que después de haberse trabajado por espacio de doce horas en esta tienda, y habiendo cerrado las ventanas hace apenas unos minutos, nada tendría de extraordinario que hubiera basuras y papel en alguna parte. Pero éste no. Y tiene sus razones. Hoy ha sido larga la jornada. El automóvil se le atascó en alguna parte. Ha bebido mucho whisky, y ¡para algo están los bodegueros!

─He tenido mucho trabajo Mr. Baumer ─digo─. Los últimos peones se acaban de marchar. Pensé…

Interrumpe:

─¡Ya, ya! Los dominicanos hablan mucho y hacen poco. Siempre están “pensando”, siempre tengan, razón, todo lo dejan para luego. Usted ahora quieremi decir que trabaja más que otros. Es demasiada. ¡Ah!

─He hablado claro ─respondo─. No quise decir eso. Yo…

─¡Bien, bien, bien! ─corta─. Aquí si alguien no quiere hacer el trabajo porque se cansa, no tiene más que avisar. Nosotros siempre halla quien no se cansa. ¡La compañía no necesita a ninguna persona!»

Los pasajes de la novela Marrero Aristy más representativos de esta escena de identificación nacional son sin duda los relativos a la relación entre el Sr. Baumer («el alemán») y Daniel Comprés. De hecho, en varias ocasiones, el narrador retrata el desprecio del alemán hacia el empleado que él es. En cuanto a la intencionalidad de esta representación, podemos formular hipótesis sobre los efectos que el autor pretende producir en el narratario, a quien hemos identificado como un lector dominicano.

En efecto, el personaje de Daniel Comprés es una “consciencia” que reflexiona sobre su condición; un personaje que se ve y que se da a ver. Lo que él nos dice acerca del alemán, y lo que nos dice de los dominicanos (sobre todo cuando emplea el pronombre nosotros) son constataciones de una consciencia que se pronuncia de manera polémica con el único propósito de reafirmar lo poco de consciencia que se le deja:

«[...] Aquí está un hombre que en su país no fue nadie y que llegó al mío como peón de una factoría, convertido en señor, manejándome a su antojo; y yo dispuesto a acatar. [...]

Soy un bodeguero. Nací en este país y este otro viene de más allá del mar. Soy un cero y él es una palanca con un gran punto de apoyo. El está autorizado a dar órdenes y yo y todos los míos tenemos que obedecer. Por eso le digo:

─Arreglaré eso, Mr. Baumer. Yo… (me tiembla la voz). Yo…

El hombre se ha marchado sin dejarme terminar. ¡Es una humillación!

Sin embargo, para nosotros, ¿qué es una humillación? ¡El sustento! No soportarla significa: las calles del pueblo, vagar sin trabajo, sin protección, sin amigos y caer en algo peor. Mientras que soportando se puede hacer alguna economía, juntar unos pesos y luego marcharse lejos de esta asquerosidad; decirle adiós a esta vida de perro y volver a ser lo que se era: una persona decente, un hombre orgulloso; sí, señor, ¡un hombre orgulloso!…» (pp. 92-93).

Obligado a abandonar por el momento este tópico —pero solamente para retomarlo más adelante—, me limitaré por el momento a postular la presencia en la novela de Marrero Aristy una línea de escritura de la dominicanidad que determina la relación polémica que se establece en el nivel del funcionamiento de los diferentes lenguajes sociales empleados en la representación de los personajes que hablan en la novela.

Consideremos ahora lo que sucede con la voz de los braceros, los haitianos y otros.

4. El habla “cristiana” versus las hablas de los “mañeses” y los “cocolos”.

El intento de representar las formas típicas del discurso de los grupos humanos extranjeros que conviven históricamente en el interior de la comunidad lingüística dominicana [17] –y principalmente las de los haitianos— constituye una de las vías principales recorridas por la literatura criolla dominicana. El efecto al que apuntan las diversas representaciones de este tipo asume es de doble alcance: por un lado, dichas representaciones buscan incrementar, no sin sarcasmo, una representación estereotipada del acento de los haitianos de escasa instrucción que intentan comunicarse en español con los dominicanos. Por otra parte, dichas representaciones operan como mecanismos que dinamizan los procesos identificación de la lengua castellana con la cultura dominicana, en los cuales, a menudo aparece en asociación con la segunda el contenido cultural “cristiano”.

Conviene precisar que, en un texto literario, la imagen de la lengua, incluso cuando hay una preocupación estilística de tipo realista evidente de parte del autor, el lenguaje siempre el resultado de una ideologización del lenguaje, es decir, un trabajo intencional de la representación cuyo objetivo no es simplemente el lenguaje del “hombre que habla” (en este caso particular, los haitianos), sino el hombre mismo [18].

De hecho, la representación del habla de los haitianos se inserta en un contexto ideológicamente saturado en el que cada imagen del habla del otro ─la de los “misters”, pero también la de los personajes dominicanos, como Cleto y Dionisio─ parece guiada por un proyecto orientado a otorgarles a los hablantes una “psicología” y un estatuto socio-cultural y socio-económico, lo cual le permite al narrador economizar recursos en la constitución del «efecto personaje-del-texto» (cf. Philippe Hamon).

Insertada, pues, en este marco ideologizado (literario), mientras más “natural” parezca la representación de los lenguajes sociales representados, más rica resultará ésta en connotaciones socio-políticas, y por tanto, más posibilidades tendrá de desviar la lectura de lo “dicho”, no hacia la “manera” (el estilo) en que se dice, sino hacia una representación de aquellos quienes “lo dicen”.

Nótese, sin embargo, que, a pesar de que se apoya en la convención literaria del “estilo realista”, la representación de las adecuaciones-desviaciones del español a los efectos de una mimesis indirecta de los personajes “extranjeros” está orientada a producir efectos completamente diferentes con relación a lo que sucede, por ejemplo, con la representación del habla de Cleto “el cibaeño”, o la de Dionisio. Más que como simple discurso estilizado que representa las hablas sociales concurrentes en la República Dominicana ─a la manera de los empleados en la representación de los personajes dominicanos [19]─, puede decirse que la representación del discurso de los extranjeros se propone desencadenar efectos ideológicos de lectura, inseparables de una experiencia histórica de la lengua-cultura dominicana.

Se puede así postular que el procedimiento de representación del español hablado por los extranjeros en Over busca propiciar, ante todo, una lectura cultural de dicho texto, lo cual significa que se dirige a lectores dominicanos sensibles ante las implicaciones históricas y culturales que se desprenden de la constatación de una diferencia en el sistema de la lengua, diferencia que se expresa especialmente a través de una determinada “manera de hablar” [20].

Desde este punto de vista, al abordar algunas instancias de Over particularmente marcadas por la aplicación de un lenguaje social de “extranjero” implica inextricablemente poner en práctica una concepción especular (quizás “histórica”, “diacrónica” serían términos más apropiados) de la socio-cultura dominicana.

Esto así, porque, si, como se puede postular siguiendo a Bajtín, el discurso de la novela tiene el estatuto semiológico de un «material» a partir del cual es posible percibir algunas de las diferentes formas del Decir-Vivir social, el encuentro en un mismo pasaje de una novela como Over de varios tipos de lenguajes sociales puede ser considerado desde el punto de vista de su relación con un proyecto de representación del Decir-Vivir histórico y cultural dominicana, a partir de una representación de la interacción de los grupos humanos que constituían el universo social de ingenio en los años finales de la década de 1930 en la R.D. , y, en particular la actitud de los dominicanos respecto a los extranjeros.

Así, por ejemplo, ciertos pasajes de Over como el siguiente (pp. 54-55) pueden ser considerados como un consomé de psicología social dominicana:

«Arrastro una caja de kerosene y tomo asiento en ella. Le indico [a Cleto, MGC] otra que ocupa al instante. Va a decir algo cuando se oyen unos toques discretos del lado afuera, y luego, jadeante, una voz:

—¡Bodeguel!… ¡Bodeguel!… A mí me se olvida el manteca. Vendeme un poquita.

Quien así habla es el haitiano Joseph Luis. El policía no me deja responderle, y abriendo la bocaza, vocifera:

—¡Mañé dei Diablo! ¿Tú no repeta que la gente ta descansando, rejundío? ¿Quiere que te rompa el pecuezo, degraciao?

La voz ahora dice:

—Dipensa… Mi no sabé… Dipensamué…

¡Tamaño susto que se ha llevado el haitiano! Cleto es temido entre los peones como un Zeus, pues lo creen capaz de matar por cualquier futileza. El vive diciéndolo. Todo el día ofrece balazos. Promete romper piernas y cabezas. Todo el día suelta denuestos, escupe y bebe ron. Yo soy de los pocos que quizás he adivinado un buen corazón debajo de esa corteza de injurias, amenzas y palabrotas.

—Vale, a usted le teme esta gente ──observo.

Y él responde:

—Bodeguero, e que ei que trabaja co n’eta maidita compañía tiene que jacei de tripa corazón pa cumplí con su debei, poique e veidá que eto blanco son la gente má rica dei mundo, pero tienen la jambre metía en lo seso».

Quizás convenga comentar aquí la actitud de desprecio que se le asigna al policía ante el haitiano, la cual reproduce en la novela el gesto característico de la mentalidad de las autoridades dominicanas —e incluso de cierta mentalidad social de la época— respecto a los trabajadores haitianos. Lo que sí conviene recordar aquí es que, en 1940, fecha de publicación de Over, hacía apenas tres años (entre septiembre de 1937 y febrero de 1938) de la operación conocida como “El Corte”, en alusión a la tarea que realizaban los braceros haitianos en el territorio dominicano, en el curso de la cual, bajo las órdenes de la dictadura, fueron exterminados varios millares (no se dispone de cifras exactas) de nacionales haitianos en suelo dominicano. Comparada con este referente del crimen contra la humanidad, el comentario: «e veidá que eto blanco son la gente má rica dei mundo, pero tienen la jambre metía en lo seso» puede ser considerado como un indicio de la debilidad que presenta el dualismo negro/blanco en la R.D., sobre todo si se tiene en cuenta la coincidencia ya observada en el empleo del adjetivo “colorado” en la descripción del cibaeño y del alemán Mr. Baumer. El racismo de Cleto respecto a los haitianos no parece trazado sobre la base de una pretensión de “blancura”, sino sobre un desprecio de otro tipo.

Pasajes como el anteriormente citado son frecuentes en Over. En el siguiente pasaje, sin embargo, el insulto al patronímico haitiano —el cual refuerza la ideología predominante en la época en que fue escrito Over— se hace evidente, y con él, la puesta en escena del racismo:

«─Yo no he visto gente más desgraciá que nosotro ─decía un carretero─. Trabajamo todo el día como animale y dipué no jallamo ni an siquiera maldito vale pa comer a cuenta.

─El peón de la finca e j’un perro de mal amo─, rezongó uno del cultivo.

─Eto mayordomo noj tratan como a los bueyes─, opinó otro.

─¡Qué va, compai! ─respondió el carretero─. El buey vive mejor que nosotro, porque el buey sólo necesita comía pa vivir y se la dan toa la noche, ademá de lo sei mese de tiempo muerto que de chepa trabaja. Pero a nosotro…

─¡Jum! Yo no quisiera ser buey ─cortó alguien─. Al buey lo matan pa dipué vender la carne a cinco la libra.

─Pero a nosotro no j’asen peor ─siguió el carretero─. Noj sacan el cuajo, y cuando tamo deplotao, tísico, antonce jata nos botan del batey por infetoso.

─¡Compai, utea decía la beldá!─, terció un haitiano.

¡Cállate la boca, mañé (*) del diache, que tu (sic) no tiene que meterte en la conversación de la gente! ─gritó uno que trabaja en la resiembra y que por ello cometía la osadía de sorber un trocito de caña aprovechando la ausencia de Cleto.

─¡La dominicane son palejele! ─gruño el haitiano, decepcionado.

─¡Parejero no, degraciao! ¡Que a utede y a eto condenao cocolo (**) deberían quemarlo junto!

─¡Eso e verdá! ─comenzó a oirse (sic) en el grupo.»

[Cf., al pie de página:

(*) Nombre despectivo que se le dá (sic) al haitiano.

(**) Cocolo se le dice en Santo Domingo al natural de las islas inglesas del Caribe»].

Habría que determinar si las indicaciones metalingüísticas que figuran en la edición que citamos se encuentran en la edición princeps de Over, o si fueron insertadas por el autor o por el editor en las reediciones posteriores de su obra. Como quiera que haya sido, la presencia de esas notas en el texto no contradice nuestro postulado relativo al estatuto de esta práctica de escritura de los lenguajes sociales en el marco del proyecto ficcional de Marrero Aristy: el metalenguaje, en una novela como Over, es la garantía de una apertura hacia lo trans-cultural, lo cual no impide la orientación ya señalada de las marcas de lectura en el texto hacia una escena de identificación nacional.

Port otra parte, conviene señalar que, en algunos casos, en el texto de Over sólo es posible observar la presencia de un habla “anónima”, como si fueran “citas” de un habla sin sujeto de imputación colocadas aquí y allá en un comentario del narrador, lo cual produce el efecto de “hibridación” que mencionaba M. Bajtin. Un ejemplo de esto lo encontramos en la p. 95:

«Algunos suben a la plataforma de la bodega y se acercan al mostrador, tiritando, semidesnudos, cubiertos en parte por sus eternos harapos. Traen la mocha debajo del brazo y los puños unidos, junto a la barba, como en ademán de rogar, tratando así de abrigarse. Piden “un chele de suca”, o “un chinchín de bacalao p’arreglarse la boca”. Yo sé que con eso pasarán el día y se lo vendo. Entonces bajan y marchan hacia las piezas de caña. la procesión sigue desfilando…».

Sin embargo, lo más frecuente es que sea a través del diálogo en estilo directo como esta habla se convierte en el eje de una representación de los extranjeros. Como sucede, por ejemplo, en la p. 46:

«—Oye, Miguel Luis, no hiciste má que picar tre cañita y ya ta s’en el batey bucando vale. No quiero que me le dé malo s’ejemplo a lo congose (*). Compra y vete a levantar tu viaje.

El haitiano dice:

—Uí, papá, Uí, papá. Yo me va enseguila.

Y mientras extiende un brazo para coger la orden, debajo del otro retiene la mocha.

Se encamina hacia acá, y ya frente al mostrador me dice:

—Bodeguela, depacha mué plonto. Yo quiele dejá la comía con la fam, pa jallalo cociná cuando viene del cote»

[Nota del autor: «Congó se llama en la finca al peon haitiano novato»].

Véase también el siguiente fragmento de la p. 88, en donde se representan los “reclamos” de los “clientes” que van a comprar en la bodega de Daniel Comprès:

«—¡Una libra de arró criollooo!

—¡Media libra de harina e maiii!

—¡De cob di sel!

—¡Tri cents red bin!

¡Qué es esto! Creo que en Babel no hubo mayor confusión. Y ¡cuánta exigencia! Heme aquí, saltando, multiplicándome, por servir lo mejor y más pronto que me sea posible, y ellos, como si no me moviera, ¡grita que grita!».

En este fragmento, el comentario del narrador: «Creo que en Babel no hubo mayor confusión» nos remite a lo que ya hemos señalado como  el propósito principal de su estrategia de escritura del habla de los extranjeros. Cf. également, à la p. 152:

«—Se acabó la zafra, vale.

—Compé, la saf tá fini.

—Mi going tu Tortola.

Palabras como esas salían en toda la finca de millares de bocas. Los peones se transmitían una noticia que todos conocían desde hacía varios días, y lo hacían sin empeño, sin admiración, sin énfasis. Mejor dicho, no se transmitían una noticia, sino que hablaban para sí mismos, en voz alta.

—Se acabó la zafra, vale.

—Muemem alé pu Haití.

—Mi se va pa Saint Kits. Mi no vuelva pa la otra.

Desaliento en todo el batey, ¡desaliento! Deambulaban los hombres sin trabajo repitiendo lo mismo:

—Mi no vuelva.

—Uí, compai, uí.

—Asina mimo, ingli, tampoco yo vengo.

—¿Qué jace uno vale?

—Naitico, ná.»

 Lo que trasluce detrás de esta estrategia de la escritura Marrero Aristy, no otra cosa que los lazos que mantiene con lo que hemos llamado más arriba el «habla “cristiana”», es decir, la representación implícita de la pertenencia al contexto dominicano a través de una figuración de la lengua-cultura. Basado en el papel de los patronímicos, reales o falsos (como “el alemán”, “el cibaeño”, “los mañeses”, “los cocolos”, etc.), la oposición entre los dialectos “cristiano” y extranjeros constituye, en mi opinión, uno de los efectos hipotéticos del proyecto de escritura de Marrero Aristy.

En cuanto a la interrelación entre las diferentes marcas de la designación de los personajes (patronímicos, nombres propios, indicios estatutarios (como por ejemplo, «el mayordomo del central», «el administrador», «el bodeguero», etc.), puede decirse que dichas marcas propician el deslizamiento de la ideología de la época hacia el interior del texto. Así, en el siguiente fragmento del capítulo V (Primera parte), encontramos una escena en donde se realiza el reparto de los braceros que llegan al “central” para participar en la zafra:

«Dice una voz:

—Para “El 63″, ¡cincuenta hombres!

Y otra responde:

—¡Ya están!

Sigue la primera:

—Para “El 109″, ¡treinticinco (sic) hombres!

Y la otra repite:

—¡Ya están!

Y cada grupo lleva su factura. A cada hombre se le ata en la pretina, en la pechera de la camisa o en el harapo que haga sus veces, el número que le servirá de identificación. Ya podrá llamarse Joseph Luis, Miguel Pie, Joe Brown, Peter Wilis o como mejor desee. Aunque su nombre cambie en cada batey, cuando más tarde vagabundee de colonia en colonia, su número será siempre el mismo, para hallarlo a la hora de la recolección, cuando se le devuelva sin savia a su isla o al vecino Haití.

Algunos mayordomos de contratistas, o contratistas y colonos, se encuentran en el lugar del reparto, y escogen sus hombres como buenos compradores de reses.

—¡No quiero cocolos, porque discuten mucho! —dice uno.

Otro protesta:

—A mí no me hablen de haitianos, que son muy haraganes.

Es la selección del personal.

Entre las filas, alguien descubre a un picador conocido, que ha estado en el país durante la otra zafra. Si es “bueno”, lo reclama con toda energía:

—¡Dénme (sic) a Telemaco! ¡Ese hombre es mío!

Si es de “los discutidores” y se le ha incluido entre los suyos, el señor contratista o colono estallará en protesta:

—¡Sáquenme este maldito, que no quiero abogados!

Generalmente los “abogados” son cocolos que saben leer y conocen el peso de la caña» (p. 51).

Nótese que las frases discriminatorias de los contratistas relativas a los “cocolos” y los haitianos funcionan como los embragues de un discurso sociocultural estereotipado en el discurso de dichos personajes. Lo mismo puede decirse de las comillas que surten el efecto de un “guiño” al lector por parte del narrador en lo relativo al valor implícito de los epítetos: “bueno”, “discutidores”, “abogados”, etc., como lo confirma la explicación metalingüística, ahora ubicada en el mismo texto y no al pie de página, que nos precisa que: «Generalmente los “abogados” son cocolos que saben leer y conocen el peso de la caña».

Es, pues, a través del contraste creado por el roce de los diferentes lenguajes sociales representados en la novela como el narrador accede a proporcionarnos una valoración indirecta del estatuto del español dominicano. Nótese, sin embargo, que, en la constitución de este valor lingüístico, los “cocolos” nos son presentados como los portadores de una “ventaja” sociocultural respecto a los haitianos (cf. el epíteto sarcástico de «abogado» otorgado por los contratistas a los “cocolos” que sabían leer y escribir). Más adelante (pp. 101-102), el narrador nos presenta a otro “cocolo” como un «inglesito» que:

«[...] en un castellano diferenciado del nuestro nada más que por un ligero aire extranjero, nos dice sus cosas.

—Yo quiero hablar cada día mejor el español —nos dice, porque cualquier idioma es más mío que el inglés. Inglaterra nos ha inculcado que Noé nos hizo esclavos porque Cam se rió de su borrachera, después del diluvio. Pero yo creo que esa es una invención de Inglaterra para mantener esclavizados a millones de negros que podrían formar una nación. Nada me causa tanto disgusto como hablar con mis paisanos, porque en ellos hallo una terrible ceguera que es hija de trescientos y más años de esclavitud. Se sienten orgullosos de que el rey de Inglaterra sea su rey, porque en la escuela les han enseñado que ese gran país ha sido misericordioso con nosotros hasta el extremo de darnos su nacionalidad, contraviniendo los deseos de Dios, ya que nadie puede ser inglés sin ser blanco. Y ellos ven en el rey a un sujeto tan imponente, que se ha atrevido a enmendarle la plana al Creador, en beneficio de sus súbditos de color.

Y como alguno se queje de la vida que se lleva en estas fincas, dice, esforzándose por dejarnos convencidos de su verdad:

—Ustedes tienen esperanzas. Tienen porvenir. Su pueblo es libre. Este mal pasará. Llegará el día en que estos grandes capitales tendrán que darles al pueblo y al estado lo que les corresponde, y devolverán buena parte de los millones que se han llevado a costa de las inmigraciones de esclavos y del nativo desorientado y abandonado. Ustedes tienen esperanzas, les repito. Alguna vez las cosas serán diferentes. Pero nosotros, ¿cuándo cambiaremos nuestro estado de esclavos? ¿Quién escapa de las manos de Inglaterra? Los negros de mi país no aprendieron nada de la guerra mundial, que debió enseñarles mucho. En la guerra quedó demostrado que el fusil manejado por el blanco y el fusil manejado por el negro son igualmente poderosos, y eso ha debido sacudirles, servirles de ejemplo para comprender que no hay razas superiores ni razas inferiores.»

Como se puede apreciar, por medio de este discurso del «inglesito» —llamado Georges Brown— se establece en la lectura una escena de valoración indirecta de la lengua española y del territorio nacional dominicano. Al presuponer un juicio de valor implícito de la condición nacional dominicana, esta escena de ficción postula la constitución de una perspectiva especular orientada a presentar el discurso del “cocolo” Georges Brown como portador de un mensaje ideológico que muy bien podría ser el de Marrero Aristy.

Ahora bien, esta sabia oposición de los diferentes lenguajes sociales en el texto de la novela no es el único mérito literario de Over. De hecho, ya sea que se considere la prosa Marrero Aristy desde el punto de vista de un análisis de los materiales lingüísticos que participan en la constitución de su narrador, o que nos detengamos en una observación detallada del discurso de los personajes dominicanos que pone en escena, el resultado será invariablemente el mismo: encontraremos por todas partes las marcas más o menos alusivas a la base común de la oralidad dominicana, referencias implícitas a lugares comunes y estereotipos culturales que van de la simple recuperación de refranes, proverbios y “palabras figuradas”, a pasajes en donde se descubre la habilidad con que Marrero Aristy emplea  juicios propios al describir de un rasgo o una atmósfera psicológica.

5. Los desencantados.

La atmósfera psicológica de Over se puede resumir en dos palabras: la frustración y el desencanto. Desde los primeros capítulos, la constitución de esta atmósfera recuerda a veces el Viaje al fin de la noche de Céline. No sólo por la potencia expresiva de este “yo” que se impone “rompiéndose”, sino también y sobre todo a causa de la creciente sensación de impotencia y amargura que sentimos acumularse gradualmente en la voz del narrador a medida que avanza la historia. Los personajes que aparecen evolucionando en la inercia del “central” están, ellos también, marcados en distintos grados por la misma pesadumbre: el único humor que encontramos en la novela se desprende de ciertas expresiones sórdidas y francamente prosaicas colocadas ocasionalmente en boca de Cleto, el policía cibaeño.

El multilingüismo del texto Marrero Aristy prácticamente no disimula ese lado “oscuro” de su escritura. Podría decirse incuso que hace todo lo contrario, pues, ya que semejante multivocidad constituye uno de los principales focos de donde emana el sentimiento de desconcierto que experimenta Daniel Comprés, puede decirse que es inseparable de la “focalización” pesimista que trabaja la voz del narrador, eje real de donde emanan y hacia donde convergen las otras voces de la novela.

Esto se hace evidente en la constitución de personajes dominicanos que trabajan en el “central” a través de un proceso marcado por el deseo de crear un efecto de contraste o la paradoja. En efecto, el mismo narrador subraya la importancia de los personajes dominicanos en su relato:

«De toda la gente de la finca, ninguna es tan interesante como los nativos. Los más, afluyeron en grandes cantidades desde que se comenzaron las primeras tumbas, allá por los años en que se abría la finca. Otros que anticipadamente fueron dueños de terrenos, quedaron como braceros, después de haber sido despojados de sus pequeños fundos. Los demás abandonaron sus conucos y vinieron atraídos por la noticia de la abundancia de dinero, llevada por los propagandistas encargados de reclutar hombres. Dejaron labranzas, familias, ¡todo!, para internarse en esta vorágine.

Muy pocos, ante la realidad que sólo les brindaba trabajo y más trabajo, a cambio de un poco de dinero que se quedaba siempre en la bodega del central, volvieron desilusionados a rehacer sus conucos perdidos. Los más contrajeron el mal de la finca, y soñando que hallarían las ganancias que un día les deslumbraron, se convirtieron en vagabundos trotadores de todos los carriles, en busca del vellocino» (p. 84).

Al subrayar el desencanto de los trabajadores del “central” —que es también el suyo—, el narrador abre la vía que va a tomar su relato en las páginas siguientes, es decir, la descripción de las circunstancias que marcaron dicho desencanto.

Este desencanto se convertirá en la pieza central del relato hasta el final de la novela. De la segunda parte (p. 111), y hasta el mismo final de la novela (p. 224), la mayoría de los pasajes están dedicados a completar el registro de “casos” que expresan la frustración de los hombres y las mujeres que viven en el “central”.

Tal es el caso del siguiente pasaje que resume la amargura de que el narrador. Restablezcamos el contexto: después de haber sido expulsado del “central” a causa de una disputa con el manager alemán, Daniel Comprés se encuentra de nuevo en la entrada de su pueblo, con la misma angustia de los primeros capítulos:

«La vista del pueblo, medio kilómetro antes de llegar, fué lo que me volvió a la consciencia, y una voz de angustia en mi interior no cesaba de hablar. Murmuraba en mi adentro una especie de lamentación muy amarga. Yo la oía: —”¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo. Salí de ti una mañana con el estómago vacío; me habías rechazado esa vez, pero todavía mi alma estaba sana. Ahora vuelvo cansado. En unos meses me he vuelto viejo. Me ahoga una gris desconfianza en los hombres. ¡Creo que traigo el alma rota!

“¡Mi pueblo! Te veo dormitar y me atemoriza tu sueño al pie de aquellas chimeneas. Caerán sobre ti con gran estrépito, y no te quedará nada sano. ¡Nada! Ni siquiera el instinto de vivir.

“Me apena ver que ya no pareces un pedazo de mi tierra. En tu propia casa te has tornado exranjero. Tus hijos no tienen aquella arrogancia y aquella hidalguía que tuvieron sus abuelos. Se crían enclenques, pusilánimes, encogidos, haciendo de sirvientes del ingenio, y en sus labios jamás florece una sonrisa que no sea de servilismo. ¡Qué anciano eres siendo tan joven!

“Por tus calles se camina con temor, mirando hacia atrás. Ningún hombre es capaz de hablar en voz alta, como no sea para elogiar al mister. Cuando las locomotoras asustan al cielo con su grito, todos tus hijos callan, como si hablase un dios; y si las factorías —monstruos reales de una nueva y cruel religión—, destrozan un pedazo tuyo —uno de tus hijos—, el resto enmudece, sin lágrimas, y sin protestas.

“¡Ingenio poderoso, que por tus chimeneas escupes diariamente la cara de Dios! ¡Blancos insolentes, rojos de whisky, que nos miran como el amo a su esclavo! Mi pueblo, ¡oh, mi pueblo!, estertor de agonía en un trozo de tierra prestado donde debiste ser dueño y señor!”…» (pp. 196-197).

 Esta línea de escritura elegíaca no es un caso aislado en el texto de Over. Volvemos a encontrarla aquí y allá, principalmente en las partes finales de cada capítulo y al final de los pasajes más importantes. Marca evidente de un proyecto de escritura impresionista, funciona como “telón de fondo” sobre el cual se proyectan (y contrastan) los diferentes rasgos del plurilingüismo representado en la novela, permitiendo asignarle al narrador una especie de voz “propia”, y ritmando, al mismo tiempo, la evolución del relato.

El punto de ruptura de esta situación es la disputa del narrador con el alemán. Daniel Comprés había sido denunciado ante los misters por otro bodeguero porque supuestamente había errores sus cuentas. Entonces, nos dice el narrador:

«Esta mañana llegó el alemán. Vino gruñendo, protestando de todo. Como la única lámpara de la bodega está inservible por lo vieja, le pedí una nueva, y ¡esto le irritó! Como si le hubiera mordido un animal ponzoñoso, al oír mi pedido comenzó a chillar:

—¡Usted pida muchas cosas! ¡usted molesta mucho!

La ira me tiró de los cabellos. Sin embargo —¡miseria!—, traté de explicarle con las mejores razones que hallé, que él estaba equivocado, que yo me hallaba en mi razón al solicitar aquello. Pero él siguió:

—¡No diga más! ¡Mi no quiere oír! ¡Usted fuñe mucho! ¡Mi…!

¡Hasta ahí soporté! Lo último le había dicho en marcha y ya estaba en su automóvil. En ese momento lo echaba a andar. Corrí hacia él. Mi mano cayó en la puerta del vehículo, como una garra. Planté el pie en el estribo y grité:

—¡Cállese, alemán! ¡Óigame! ¡Me va usted a oír!

Volvió la cara espantado, como si no diera crédito a sus oídos ni a sus ojos. Sin darle tiempo a responder, seguí roncando a gritos:

—¡Me va a oír usted! ¡Apague el motor!

Obedeció temblando. Seguí.

—¡Usted me trata como a un perro, alemán! ¡Me quiere ahorcar! ¡Pero usted me va a oír! ¡Tiene que oírme! ¡Óigame!

Ya él no era rojo. Lívido y mudo, temblaba. Yo no podía decir otra cosa:

—¡Óigame, carajo! ¡Óigame, alemán! ¡Soy un hombre!

Me ahogaba. El no pudo más. El motor arrancó y el carro dió (sic) un salto. Lo ví (sic) perderse en un carril a toda velocidad. [...] Abrí una botella de ron y comencé a beber. Casi no oía a Cleto, que habiendo presenciado el suceso, me decía:

—¡Yo sabía que uté era macho, vale! ¡Así se le habla a ese carajo! ¡Eso mieida!» (p. 193-194).

Nótese la prudencia con que Marrero Aristy representa en esta escena la confrontación entre un dominicano y un alemán en una disputa verbal por su dignidad, y tómese en cuenta que bien habría podido hacer que su personaje actuara de otra manera, si se juzga por la tensión de los comentarios que pone en boca del narrador en las páginas inmediatamente precedentes.

Daniel Comprés sufrirá sin esperar demasiado las consecuencias de este gesto que cambiará a sus proyectos personales de fundar una familia con una campesina del entorno del “central”. Su frustración tendrá en lo sucesivo dos nombres inseparables en su memoria: el “central” y el  “over“.

6. Conclusión.

El trabajo de representación del contraste existente en el plano en que interactúan las diferentes hablas sociales en Over es sólo la parte “visible” una reflexión sobre las condiciones de vida de los trabajadores en una “central azucarera” en el este de la República Dominicana. Vale la pena retener el hecho de la participación del habla campesina del Cibao (el dialecto “cibaeño”) como el objetivo de una representación deliberada del “habla cristiana”, como si respondiera a un proyecto diseñado por el autor con el fin de formular un conjunto de valores ideológicos asociados con el estatuto de los demás hablantes extranjeros que participan en la historia contada.

Dos palabras, antes de terminar, sobre el contraste entre esa “habla cristiana” y las hablas de los extranjeros en la novela. Al manejar el establecimiento de una serie de cronotopos y el personajes-hablantes que han marcado la vida social y económica de las provincias del Sur y el Este del país desde finales del siglo XIX (los misters, los “colonos”, los braceros (haitianos y “cocolos”), etc.), Marrero Aristy encontró un camino lógico al recorrido iniciado por Federico Moscoso Puello, en Cañas y bueyes, una novela de 1936 donde también hay una conmovedora descripción de los mundos natural y social de San Pedro de Macorís, antes y después de la creación de las primeras “centrales azucareras”.

La solución que encontró Marrero Aristy fue la de convertir en psicológico un problema político-económico para poder explotarlo estéticamente. Más que una influencia de la “moda” literaria de su época sobre su escritura, su atención a las hablas sociales coexistentes en el ámbito del “central” se presenta, primero y ante todo, como una empresa de asimilación subjetiva de la realidad socio-cultural. Y es precisamente esto lo que funda la riqueza polisémica de su novela.


[1]     Ramón Marrero Aristy nació en la comuna de San Rafael del Yuma el 14 de junio de 1913, en una familia modesta, y falleció el 17 de julio de 1959, en circunstancias nunca esclarecidas. Además de su novela Over, publicada en Santo Domingo en 1940, es autor de varias obras, entre las cuales destaca su historia de la República Dominicana en dos tomos titulada La República Dominicana, y su biografía de Rafael L. Trujillo, aparte de numerosos cuentos de excelente factura.

[2]   Importa citar aquí el siguiente comentario de Ramón Alberto Ferreras (a. “El Chino”), periodista, historiador y antiguo militante anti-trujillista:

«Servía de bodeguero en los bateyes de ese Central Romana, hasta que se decidió a venir hacia la capital para llegar a ser secretario de Estado de trabajo, bajo Trujillo, y morir asesinado por orden del tirano, el gran escritor, orgullo de su pueblito natal de San Rafael del Yuma, Ramón Marrero Aristy.

Bodeguero era el ilustre escritor cuando produjo su hermosa novela que tituló Over, con la que talvez (sic) quiso sintetizar las desgracias del obrero fabril y agrícola del emporio azucarero romanense» (cf. FERRERAS, Ramón Alberto: Cuando la Era era Era, tomo IV, Santo Domingo, Editorial del Nordeste, 1981, p. 15).

Sean cuales sean las relaciones entre el texto de Over con la biografía de su autor, la escritura de esa novela, y sobre todo, la invención del personaje de Daniel Comprés revela la intención del autor de enmascarar esas fuentes autobiográficas. Lo mismo puede decirse de las marcas de la designación relativas a la ubicación geográfica precisa del « central » azucarero del que se habla en la novela. A nuestro entender, esto contribuye, claro está, a la legibilidad del texto fuera de sus referentes biográfico-histórico-políticos.

[3]     El texto de Over está dividido en tres partes, las cuales se subdividen a su vez en capítulos: las dos primeras tienen cada una siete capítulos, y la tercera tres. En nuestras citas emplearemos el texto de la decimosexta edición de Over por la Editora Taller, CxA, de la que sólo indicaremos a partir de ahora el número de página.

[4]     Sin que sea mi intención la de resucitar aquí el viejo debate de los telquelianos en aras de determinar quién “habla” en una novela, me parece necesario recordar que, de aquel debate, los estudios narratológicos lograron sacar en claro dos cosas: a) la representación del saber en un texto ficcional nunca es posible sin una intervención directa de la consciencia autor, ya sea a través del narrador o a través de alguno de sus personajes; y b) tanto la creación de efectos de lectura (o de sentido) como la serie de efectos ideológicos (ideologemas) que emanan de un texto son asimismo imputables a la consciencia (e incluso al inconsciente) del autor.  Así, en la página 13, leemos la siguiente referencia disimulada a un ideologema de tipo positivista-organicista que, aplicado a la vida socio-política dominicana, cobró visos de verdad axiomática en el curso de la Era de Trujillo: «Ellos [los ricos: «don Justo Morales, el señor Méndez, el señor Almánzar»] saben que la perfección del funcionamiento de los organismos más complicados se debe a la colaboración espontánea que existe entre todos sus miembros, y más aún, a la que existe entre las partículas vivas que forman los tejidos de esos miembros.»

[5]     Citemos, por ejemplo, en la p. 16: «La noche se me ha echado encima sin ninguna ceremonia»; en la p. 18: «Los cortos días que pasaba bajo techo era sufriendo el desagradable trato de una madrastra irascible»; en la p. 27: «A poco viene un alemán colorado como un tomate maduro a quien he oído llamar mister Baumer»; en la misma página: «A nuestros lados se fugan paños de montes, potreros, bateyes diminutos que escapan miedosos, cañaverales, bueyes»; en la p. 51: «Domingo. Se aglomera frente al mostrador una colmena de trabajadores hambrientos»; en la p. 84: «Los más, afluyeron en grandes cantidades desde que se comenzaron las primeras tumbas, allá por los años en que se abría la finca»; en la misma página: «Los demás abandonaron sus conucos y vinieron atraídos por la noticia de la abundancia de dinero, llevada por los propagandistas encargados de reclutar hombres»; en la p. 91: «Trajo los pies llenos de lodo y ensucia el piso», etc.

[6]     Cf., en la p. 24, otro ejemplo de esta estilización retórica orientada a ridiculizar al personaje de Mr. Robinson: «Veo una especie de fardo blanco que asoma su volumen por aquella avenida. Mucho se parece a una persona, y siendo una persona, no se puede dudar de su identidad. Solo (sic) mi hombre tiene una fachada semejante.

No me he equivocado. Es el señor manager que hoy ha querido hacer ejercicio y permitió que el chófer trajera el automóvil sin su carga. Supongo que el vehículo debe estar de plácemes, y si lo viera, con todo y ser una máquina y aunque la gente pusiera en tela de juicio el equilibrio de mis facultades mentales, lo felicitaría sinceramente, porque ni a los hierros les debe ser grato echarse encima un volumen como el de este señor».

[7]     Uno de los méritos principales del texto de Marrero Aristy es precisamente su apertura hacia una escucha de los lenguajes sociales que intervienen en el contexto histórico-cultural que nos describe. Pienso sobre todo en la definición de esta noción de «lenguaje social» propuesta por Mijaíl Bajtín, para quien dicha noción no quiere decir: «[...] el conjunto de los signos lingüísticos que determinan la puesta en valor dialectológico y la singularización del lenguaje, sino bien la entidad concreta et viviente de los signes de su singularización social, la cual puede también realizarse en el marco de un lenguaje lingüísticamente único, determinándose por medio de transformaciones semánticas y selecciones lexicológicas» (BAKHTINE, Mikhaïl: Esthétique et théorie du roman, París, Gallimard, 1978, pp. 173-174. Traducción libre de MGC). Bajtín insiste, por otra parte, sobre el hecho de que «el problema central de la estilística de la novela puede ser formulado como problema de la representación literaria del lenguaje, problema de la imagen du lenguaje» p. 156). En Over, la creación de esta «imagen del lenguaje» implica las «tres categorías principales» a las que Bajtín reduce los diferentes procedimientos de creación de los efectos de lenguaje en el discurso novelesco, a saber: «1) la hibridación», 2) la interrelación dialogizada de los lenguajes, y 3) los diálogos puros» (ibidem., p. 175). Desde este punto de vista, es, pues, la posibilidad de leer, más allá o más acá de la historia contada, un esfuerzo de representación literaria del plurilingüismo social que operaba en una de las provincias del Este dominicano en el curso de los años 1930 lo que hace de Over un texto importante en la bibliografía dominicana.

[8]     “Los grandes son los otros”, parece querer decirnos Daniel Comprés. Por su parte, él no es más que un pequeño, «uno de los de abajo»:

«Algo raro me sucede. No creí que una alegría como la que experimenté al salir del despacho del manager, comenzaría a desvanecerse tan pronto. Esta completa indiferencia hacia mí, el silencio temeroso de los empleados de aquella oficina, gentes que se mueven como sombras, los dependientes hablando en voz baja y como temiendo constantemente una llamada del jefe, a quien tienen que obedecer sin errores y sin demora; todo eso me ha causado una desagradable impresión; me ha dejado en una especie de vacío, con un presentimiento que no llego a definir.

En cambio, ¡con cuánta desenvoltura hacía sonar sus grandes botas el alemán! ¡Qué dueño de sí mismo el asistente o segundo manager! Y el gran norteño, en su espacioso escritorio, echado hacia atrás en aquel cómodo sillón, luciendo su gran boca de batracio y su vientre enorme, como un rey en su trono.

Nunca olvidaré a esos hombres que hablan fuerte y pisan como militares. Ni tampoco se me borrará la visión de aquellos empleadillos —encanecidos algunos, a pesar de ser jóvenes— adosados a sus escritorios como una maquinilla u otro instrumento del servicio» (p. 28).

Notemos de paso que, como personaje arquetípico, el anti-héroe, es decir, el que aparece en el relato como víctima de la historia contada, parece ser la estructura más trabajada por la novela dominicana del siglo XX.

[9]     Bajtín llama «hibridación»: «[...] la mezcla de dos lenguajes sociales en un solo enunciado, [...] el encuentro en la arena de este enunciado de dos consciencias lingüísticas, separadas por una época, por una diferencia social, o por las dos» (op. cit., pp. 175-176).

[10]    El incipit del cap. III nos permite enterarnos de que Daniel Comprés trabaja desde hace dos meses en un batey:

«El batey es pequeño. Sólo tiene unas treinta casas, y en él no vive persona alguna con quien pueda hablar de las cosas que pienso. Porque allí está el viejo Dionisio, el mayordomo del contratista, pero de ese negro sí que podría decirse que se ha tragado la lengua. Cuando no va en su mula baya mirando las cosas como si no las viese, dormita en el balcón de su casita blanca despidiendo el tufo del ron que se ha bebido durante el día.

El único que habla por cinco y hasta por diez, es Cleto, el policía del Central, un cibaeño colorado como un camarón y borrachín hasta más no poder. ¡Demonio de hombre este! Al principio no me gustaba, pero luego, observándolo bien, oyendo su inagotable torrente de dichos e historias, se me ha revelado su verdadera personalidad y ya le encuentro muy simpático.

Desde el amanecer monta en su mulo blanco, y como su casa está contigua a la bodega, al instante le tengo apoyado en la ventana, pidiéndome “su mañana”, la cual consiste en medio vaso de ron. Y si ese día tiene que prestar algún servicio urgente, dice pocas cosas, toma otro trago “pa’ no quedarse cojo”, y se marcha. Pero si puede perder un poco de tiempo, ¡ya voy a oír historias de sus amores y de sus combates!» (p. 31).

Se  notará la inserción del habla de Cleto el “cibaeño”, marcada por las comillas habituales, en la del narrador. Más que una simple «habla», las citas del discurso del policía son verdaderos «ideologemas», para emplear el mismo término que Bajtín (op. cit., p. 153), es decir los indicios de una psicología, de una condición social y cultural y de una visión del mundo. Todos los ejemplos siguientes, en los cuales tiene lugar en la novela una representación de Cleto, están marcados por la misma estrategia “hibridizante”, ya sea por la vía  de una cita entre comillas de los “dichos” o refranes o palabras-figuras (cf. el acto de «pedir su mañana» o «su desayuno», verdadera figura estereotipada de la lengua popular de la R.D., asociada a la demande de un vaso de ron por el policía).

[11]    Si hay o no una lengua nacional dominicana es un asunto que no parece revestir importancia para ninguno de nuestros lingüistas. Lo común es que se piense que en la República Dominicana se hable “español”, una lengua que no existe ni siquiera en la misma España.  A pesar de esto, y sin pretender hacer pasar por lengua lo que solo es un dialecto, creo innecesario recordar que fue precisamente el cibaeño el que proporcionó, en el curso del siglo XX, el mayor número de ejemplos literarios del habla dominicana. Así, en el curso de la Era de Trujillo, el cibaeño fue asociado con la noción de  lengua campesina, aunque dicha asociación solo se fundaba en el proyecto de instaurar el asiento del poder político en la ciudad de Santo Domingo. Constructo ideológico antes que criterio estrictamente lingüístico, la oposición cibaeño-campesino solo cobra visos de realidad en el plano político en donde se verifica otra oposición imaginaria: la que pone al “Norte”, por un lado, y al “Sur” por el otro.

[12]    Es precisamente esta función «ideológica» lo que otorga a cada una de las intervenciones  de Cleto en el relato un “pintoresquismo” y un «color local» muy bien logradas. La psicología campesina de la región norte de la R.D. está bien representada por ese personaje parlanchín, macho-misógino, bebedor de ron y cuyo lenguaje está lleno de las figuras y expresiones que sazonan la cultura rural dominicana. El relato de sus aventuras amorosas con tres hermanas puede pasar por un estudio del carácter del cibaeño:

«—Bodeguero —dice entrecerrando los ojos—. Yo le aseguro que ya lo s’ombre no son un pie sucio de lo que eran en mi tiempo. Yo me veo dique atenío a do mujeicita y ni an me conoco… ¡Jai caracha!… ¡Mire! Le voy a contai una hitoria de lo tiempo en que yo vine a eta finca poi primera vé…»

Vuelve al ron, toma agua y se dispone a cumplir su promesa. Sin más preámbulo comienza a hablar:

—Andaba juyendo, poique le había paitío ei pecuezo a un degraciao, cuando llegué poi primera vé a l’ete. Era e n’eso tiempo que se taban abriendo la tumba, y ei dinero corría poi lo carrile ni e l’agua en cañá cuando llueve duro. Dende que me metí aquí me sentí ni an pueico flaco en batatai bien parío, poique ganaba dinero en baibaridá y ei día y la noche eran coito para corretiá, andai en’un caballo que ei sólo valía un dinerai, mujeriá ei dao» (pp. 33-34).

Nótese, en el fragmento anterior, el despliegue de frases estereotipadas en un discurso bastante figurado, rasgos típicos de la oralidad rural.

[13]    Quizás convenga asociar esta intención del personaje-narrador de mostrar indirectamente las “transformaciones” tanto en su conducta como en su visión del mundo que le produjo su experiencia en el Central con el “cataclismo” que sacudió su estabilidad personal después de haber sido rechazado por su padre, acontecimiento que, como sabemos, fue lo que lo empujó a buscar trabajo en el dominio de poder de los “místeres”. De esa manera sería posible reconstituir lo que Roland Barthes llamaba, en un artículo famoso, el «punto de partida» y el «punto de llegada» del relato (cf. BARTHES, Roland: «Analyse structurale du récit», in Poétique du récit, París, Seuil, 1977, pp. 7-57), lo cual haría más abordable una lectura de la intencionalidad de Marrero Aristy en Over.

[14]    El “over” (o dicho de otro modo, la “plusvalía”) se impone tácitamente como un mecanismo de regulación de los intercambios entre los integrantes de la “compañía” o como un subterfugio para excusar el robo organizado: « Pienso cómo cada uno hace lo suyo. Los pescadores de caña usan pesas cargadas para quitarles al carretero y al picador, desde quinientas a mil libras por carretada, además de doscientas que se descuentan corrientemente para que el peso del chucho salga aproximado con el de la factoría. Esto le proporciona varios cientos de pesos de over al dueño del tiro de caña, que con ese dinero se alivia un poco las multas, errores en su contra, y el precio del agua que beben sus bueyes (propios o alquilados a la compañía), agua que a veces es puramente simbólica, ya que se le cobra al colono y al contratista aunque tengan dentro o cerca de sus colonias ──es decir, aún en terreno que no pertenece al central──, algún arroyo donde su ganado mitigue la sed.

La compañía prohíbe terminantemente las pesas cargadas, como prohíbe todo lo que a la vista signifique engaño, pero no dice nada cuando aparece el over ──¡como si fuera cosa bajada del cielo!──, porque sabe que éste irá a sus manos irremisiblemente» (p. 43). Más adelante: «Los mayordomos de la casa ──como se les dice a los del central──, también tienen su forma de robar». Más adelante: «En cuanto al bodeguero, la cosa es más complicada y más cruel. Se puede decir que ningún empleado se halla tan impelido al robo y a la desesperación como éste» (p. 45).

[15]  Cf., entre otros ejemplos, en la p. 40: «El viejo Dionisio es otra cosa»; en la 46:

«—¿Qué quiere decime usted con eso?

—Que esos paquetes tan muy completo.

El viejo lo decía serenamente, pero yo me hallaba sorprendido»; y en la pp. 46-47: «El negrazo se sirvió medio vaso de ron; con su calma habitual calma habitual se lo llevó a la boca y tragó».

[16]    Cf. en la p. 37: «Aquí el policía se relame de gusto, y con la boca llena de risa, mirándome a los ojos, pregunta [...], etc.»

[17]    Empleo aquí la noción de «comunidad lingüística» en el sentido en que la teorizó André Martinet, para quien, con el propósito de enfatizar lo que él llamaba la «complejidad de las situaciones lingüísticas reales», ponía el acento sobre la conveniencia de: «tener presente un cierto número de hechos de experiencia: 1) no hay ninguna comunidad lingüística que pueda ser considerada como compuesta por personas que hablan una lengua en todos los puntos semejantes; 2) hay millones de seres humanos que pertenecen a dos o más comunidades lingüísticas, es decir, que emplean una u otra lengua según quienes sean sus interlocutores; 3) no es infrecuente que una persona que no habla más que una lengua comprenda varias, por medio del oído o de la lectura; 4) la mayor parte de los hombres son capaces de emplear, según lo exijan las circunstancias, formas bastante divergentes de una misma lengua; 5) los que no utilizan activamente diferentes formas de este tipo, generalmente comprenden sin dificultad las que tienen ocasión de oír (sic) con bastante frecuencia» (MARTINET, André: Elementos de lingüística general, trad. Julio Calonge, Madrid, Gredos, 1974, p. 184).  Trataremos de demostrar más adelante el valor que tiene esta noción de «comunidad lingüística» para un pensamiento no instrumentalista de la noción de literatura nacional.

[18]    Según Bajtín: «No es ya la imagen del hombre en sí lo que es característico del género novelesco, sino la imagen de su lenguaje. Ahora bien, para que éste puede convertirse en una imagen del arte literario, debe convertirse en habla en labios que hablen, unirse a la imagen del hombre que habla» (op. cit., p. 156). En efecto, los haitianos que hablan en un texto como Over no son individuos históricos, “reales”, sino imágenes virtuales de un lenguaje social (el español aprendido y hablado por los inmigrantes haitianos en el suelo de la República Dominicana). Desde este punto de vista, la presencia de este tipo de habla en un texto literario dominicano es siempre interesada, como también lo fue en el caso de la llamada poesía “negroide” escrita hacia la misma época por los cubanos Nicolás Guillén y José Emilio Ballagas, el puertorriqueño Luis Palés Matos y el dominicano Manuel del Cabral, para sólo citar algunos de los más conocidos.  Sin embargo, en los poemas negroides, el habla de los haitianos resulta a menudo una “caricatura” de lenguaje inventada por un autor según un proyecto eufónico, lúdico o de cualquier otro tipo, mientras que en una novela como Over encontramos, como se verá, una intención de poner en escena al «hombre que habla», como dice Bajtín.

[19]    No pretendo decir que la diferencia entre esos lenguajes sociales, e incluso la que existe entre dos dialectos, sea comparable con la que uno puede suponer que existe entre dos estilos de una misma lengua, sino simplemente que la representación en una novela de esos lenguajes sociales está siempre determinada por la intervención de la intencionalidad estética de un autor. Dicha representación supone, pues, una estilización —en el sentido amplio de “puesta en forma”— adecuada respecto a dicha intencionalidad.

[20]    Asumiendo el riesgo de adelantar una conclusión demasiado apresurada, quisiera señalar que semejante proyecto de representación de la diferencia lingüística (o de la «hibridización» de los lenguajes sociales, como diría Bajtín) constituye uno de los aspectos que expresan de manera preferencial la existencia de una literatura nacional dominicana. Esto así porque, al suscitar mediante una representación literaria la construcción de una escena de ficción en la que los extranjeros aparecen colocados en situación de comunicación junto con los dominicanos, y en donde estos últimos aparezcan representados como hablantes portadores de las marcas propias de un lenguaje social, es la totalidad el movimiento de consciencia implicado por un proyecto de figuración de la realidad lingüística y cultural de la R.D. lo que es convocado con el propósito de figurar la especificidad dominicana. Regresaré sobre este punto más adelante.

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